Los pueblos del mar
La Ilíada la cantó el bando que ganó. Esta es la del otro.
Solo tenemos de ellos la cara que les talló su enemigo.
Está en un muro de Tebas, en el templo que Ramsés III se hizo construir para la muerte. Allí, hace treinta y dos siglos, un cantero grabó a los invasores tal como quiso recordarlos el hombre que los venció: en fila, las muñecas atadas a la espalda, tocados de plumas sobre la frente, la boca abierta en un grito que ya no suena. Los prisioneros no tienen nombre propio. Tienen etiqueta: peleset, tjekker, shekelesh, denyen, weshesh, sherden. Palabras que un funcionario egipcio escribió de oído, en una lengua que no era la suya, para unos hombres que jamás se llamaron a sí mismos de ninguna de esas maneras.
Ni siquiera "pueblos del mar" es de ellos. Ese nombre lo inventó un egiptólogo francés en 1867, mirando ese mismo muro. Llevamos siglo y medio llamándolos por un rótulo que les pusimos nosotros para no tener que decir la verdad más incómoda: que no sabemos quiénes eran, ni de dónde venían, ni qué buscaban.
Lo que sí sabemos es lo que dejaron atrás.
Hacia el año 1200 antes de nuestra era, el mundo más rico que había existido se apagó como se apaga una casa cuando saltan los plomos. No una ciudad: todas a la vez. Hattusa, la capital de los hititas, quedó vacía y quemada. Micenas, Pilos. Ugarit, que era un puerto de oro donde se hablaban seis lenguas y se guardaban las cartas de medio Mediterráneo en tablillas de barro. Palacios que llevaban trescientos años comerciando cobre, estaño, marfil y vino, cada uno dependiendo de todos los demás, y de pronto ninguno. En el tiempo que tarda en crecer una generación, el sistema entero dejó de existir.
De Ugarit conservamos su última carta. El rey Ammurapi escribe a un aliado del otro lado del agua, pide barcos, pide hombres: las naves del enemigo ya están aquí; han incendiado mis ciudades y han hecho cosas terribles en mi país. La carta nunca salió. Los arqueólogos la encontraron en un horno, cocida por el mismo fuego que destruyó la ciudad. El grito y la ceniza, en la misma pieza de barro.
Durante mucho tiempo los pueblos del mar fueron la respuesta cómoda a esa catástrofe: vinieron, quemaron, se fueron, fin. Un enemigo con cara —aunque fuera la cara que les prestó Ramsés— es más fácil de soportar que un derrumbe sin culpable. Pero cuanto más se excava, más se parecen a lo contrario de una causa. Se parecen a un efecto. Hubo una sequía larga, de las que vacían graneros y luego pueblos. Hubo terremotos encadenados. Hubo hambre, y rutas de comercio que se cortaron, y reinos que se quedaron sin lo que otro reino ya no podía enviarles. Y en medio de todo eso, gente. Mucha gente, subiéndose a barcas con lo que cabía en una barca, buscando una orilla que todavía diera de comer.
Puede que los pueblos del mar no fueran un ejército. Puede que fueran refugiados con espadas. Un mundo entero echado al agua, huyendo de algo que no salía en ningún relieve porque no tenía cara: el clima, el hambre, el fin de una manera de vivir.
Escribo novelas sobre ese instante. Es, en el fondo, el único instante que sé contar: el minuto exacto en que un mundo se acaba y alguien —casi siempre una mujer, casi siempre con un hijo o un hermano a cuestas— se sube a algo que flota y pone rumbo a una costa que aún no tiene nombre. Lo he contado en una Iberia de hace catorce mil años, cuando cayó una ciudad que dialogaba con las orcas y una niña zarpó al poniente con un huevo de piedra en el regazo. Lo he contado en la meseta de hace cuatro mil trescientos, cuando llegaron del este los hombres a caballo y las que sobrevivieron tuvieron que aprender a nombrar de nuevo el mundo. Y aquí, en el Mediterráneo del 1200, está otra vez: la misma bisagra, el mismo mar lleno de barcas, la misma memoria que viaja porque los cuerpos que la llevan todavía no han encontrado dónde soltarla.
Hay algo más que los une, y es lo que de verdad me quita el sueño. En mis libros hay una idea que sobrevive a todos los hundimientos: la de que la historia la escribe quien queda de pie, y que lo primero que hace el vencedor no es borrar al vencido —es sustituirlo. Contar un origen sin él. A los pueblos del mar los conocemos solo por el monumento del faraón que los derrotó. No dejaron libro, ni tumba con su versión, ni una sola frase escrita por su propia mano. Igual que las orcas de mis novelas. Igual que las mujeres que continuaron el linaje mientras los hombres que las contarían morían. Los que pierden no llegan a nombrar el origen. Se lo nombran.
En una de mis novelas, un viejo mira a un forastero de ojos verdes que nunca dice de dónde viene, y murmura: esos nunca dicen de dónde vienen. Lo escribí pensando en un personaje. Ahora, cuando miro el muro de Medinet Habu, pienso que lo escribí sin saberlo para ellos.
Y sin embargo, de aquel derrumbe sí quedó un poema. En el mismo mar y en la misma década en que ardían Ugarit y Hattusa, unos griegos pusieron cerco a una ciudad de la costa de Asia, y siglos después alguien lo cantó. Llamamos Ilíada a esa memoria. Troya cayó hacia el 1180, en plena marea de fuego, y la Ilíada es lo que un mundo micénico —a punto él mismo de apagarse— alcanzó a recordar de su propia hora final. Los nombres andan sueltos por ahí, rozándose: los escribas egipcios anotaron entre los invasores a unos ekwesh que suenan a aqueos, a unos denyen que suenan a dánaos, los dos modos en que Homero llama a los griegos. Y en la Odisea, Odiseo se inventa un pasado de asaltante en Egipto que se lee, palabra por palabra, como el parte de guerra de un pueblo del mar. Puede que Troya no fuera la causa de nada: solo un episodio dentro del mismo hundimiento, uno que tuvo la suerte de encontrar a su poeta. Y quizá esa sea la única diferencia que de verdad importa. A los griegos de aquel siglo los cantó Homero. A los pueblos del mar los talló Ramsés. Unos tuvieron un verso; los otros, un muro. Llamamos historia a cuál de los dos consiguió que lo escribieran.
Porque eso es, al final, un pueblo del mar. No una nación ni una raza ni un ejército. Un puñado de gente en una barca, con una lengua que se perderá y una memoria que no cabe en barro, huyendo de un mundo que se acaba hacia otro que todavía no existe. Los ha habido siempre. Los hay ahora mismo, en algún estrecho, esta noche. Y dentro de tres mil años, si queda alguien para excavar, encontrará de ellos exactamente lo que quedó de estos: la ceniza, y la cara que les tallará su enemigo.

