La firma del casco
Plus ultra · Fase 4 (Salto interestelar) · año 2199
Anselmo Ontiveros había firmado con su granete cada casco que ayudó a levantar en cuarenta y tres años, y no pensaba morirse sin firmar el último.
Lo decía así, con esas palabras, la víspera de la botadura, en el comedor de operarios de los astilleros de la Ele Cinco, mientras se servía el tercer vaso de un vino tinto que alguien había subido de contrabando desde Mendoza en garrafas de plástico. Tenía setenta y ocho años y las manos de un hombre que había pasado media vida dentro de un traje de vacío: los nudillos hinchados, dos dedos que ya no cerraban del todo, una cicatriz vieja que le cruzaba la muñeca izquierda como un meridiano. Su nieta Jimena, que llevaba ocho meses de aprendiz en la cuadrilla de estructuras, lo miraba desde el otro lado de la mesa larga y pensaba que nunca lo había visto tan contento y tan triste a la vez.
Afuera, tras el ventanal, flotaba la Fisterra.
Era la nave más grande que la Unión había construido jamás. Kilómetro y medio de espina dorsal, los flancos todavía erizados de andamios, los motores de salto en la popa como dos catedrales dormidas. Al día siguiente, a las nueve y cuarenta hora de astillero, soltaría amarras y se marcharía del sistema solar para no volver. Doscientas veinte personas a bordo, y otras tantas por nacer en el camino: la primera nave hispana que iría a morir de vieja entre dos estrellas, empujando hacia un punto del cielo que desde allí no era más que un nombre en un registro.
Ninguno de los que la habían construido vería el final del viaje. Ese era el chiste privado de todo el astillero. Construían una casa que jamás pisarían, para gente que aún no había nacido, que hablaría —eso sí— la misma lengua que ellos.
—Yo os lo digo cada año y cada año os reís —empezó Anselmo, y la mesa entera ya se estaba riendo antes de que terminara, porque conocían la cantinela—. Reíros, reíros. Pero si la Hispanidad no se hubiera deshecho en el ochocientos y pico, si aquello no se hubiera roto en cuarenta pedazos que se pasaron un siglo dándose la espalda, os digo yo que habríamos ganado doscientos años. Doscientos. Ya estaríamos en las estrellas desde hace dos siglos. Esta nave la habría botado mi tatarabuelo.
—Y la habría botado mal, don Anselmo, que en su familia son todos muy brutos —dijo Ledesma, el capataz, y le llenó el vaso.
—Habría botado tres. Y mejores.
Celia, la archivera que había subido de Manta a documentar la partida, dejó el tenedor. Era joven y tenía la costumbre de las personas que trabajan con el pasado: no dejaba pasar una.
—O no habría botado ninguna —dijo—. A lo mejor si aquello no se rompe, no hay Manta, ni hay koiné, ni estamos usted y yo entendiéndonos en esta mesa sin traductor. A lo mejor la rotura es la abuela de todo esto, don Anselmo. A veces una cosa se cae para que la de al lado crezca.
Se hizo un pequeño silencio de sobremesa, de esos en que la gente masca y piensa. Anselmo la señaló con el vaso, medio en broma, medio ofendido, medio encantado de que alguien le discutiera.
—Mírala. La historiadora. —Bebió—. Puede que tengas razón, hija. Pero yo no puedo dejar de pensar en lo que no se construyó. Tú ves una ruina y ves lo que fue. Yo veo una ruina y veo el plano de lo que iba a ser, ahí, encima, sin terminar, colgando en el aire. Y me duele como si me faltara un dedo.
Levantó la mano estropeada, los dos dedos que ya no cerraban, y todos se rieron otra vez, y él se rió con ellos, y la conversación se fue por otro lado, hacia el fútbol y hacia quién roncaba en el módulo C. La boutade se disolvió como el humo. Pero a Jimena se le quedó dentro, sin saber por qué, la imagen del plano colgado en el aire, inacabado, y de su abuelo mirándolo.
Esa noche no durmió bien.
* * *
Lo vino a buscar de madrugada, tres horas antes de la ceremonia, cuando el astillero todavía estaba en penumbra y solo se oía el zumbido de los recicladores.
—Ponte el traje —le dijo—. Vamos a hacer una cosa antes de que esto se llene de peces gordos.
Salieron los dos por la esclusa de servicio. La Fisterra estaba tan cerca que llenaba el cielo entero; Jimena tuvo que girar la cabeza para verla de proa a popa. Su abuelo se movía en el vacío con una economía que ella todavía no tenía, sin gastar un solo empujón de más, como si el espacio fuera una habitación de su casa que conociera a oscuras. Lo siguió hasta un punto del casco, entre la cuaderna cuarenta y la cuarenta y una, una zona interior que nadie volvería a ver nunca: quedaría sellada bajo tres capas de blindaje en cuanto pasara la inspección final. Un rincón condenado a la oscuridad durante mil años.
Anselmo se enganchó allí. Sacó de la bolsa del cinturón una herramienta pequeña, un granete de acero con el mango pulido por el uso, y encendió el foco del casco.
—Acércate. Mira.
Jimena miró. En la placa base de la cuaderna, en un palmo de metal que ningún ojo iba a ver jamás, había marcas. Decenas. Golpecitos de granete, iniciales, fechas, hechas a mano, apretadas unas contra otras como los nombres en el respaldo de un banco viejo.
A.O. — 2156. La primera de su abuelo; la había puesto con treinta y cinco años, calculó Jimena, recién entrado en el oficio. A.O. — 2163. A.O. — 2171. Y alrededor de las suyas, otras. R.L. M.F. T. Quispe. Vinh Ngô. B. Salazar — 2159. Una que decía solo para mi madre. Otra, con una letra temblona: última, me jubilo, 2168, gracias a todos. Manos que ella no había conocido. Manos que estaban muertas. Manos que habían firmado a escondidas, en el hueco ciego de cada nave, el trozo de metal que nadie iba a mirar.
—Esto no está en ningún manual —dijo Anselmo, y su voz por el canal sonaba más baja, casi avergonzada—. No se lo cuentes a los de inspección. Es una tontería de los soldadores viejos. Cuando terminas una nave, antes de que la cierren, firmas por dentro. Donde no se ve. Donde no sirve para nada.
—¿Por qué donde no se ve?
—Porque no lo haces para que te vean. —Le tendió el granete—. Lo haces para estar dentro. Para ir tú también, aunque no vayas. Yo llevo firmadas dieciocho naves. Dieciocho van por ahí, por la Luna, por Marte, por el cinturón, con un pedazo de mí metido en la tripa, en un sitio oscuro que nadie abrirá nunca. —Se rió, tosió, se le empañó un momento el visor—. Es lo más cerca de las estrellas que va a llegar este cuerpo mío tan viejo, chiquilla. La firma llega. Yo no.
Jimena cogió el granete. Pesaba más de lo que esperaba.
Y entonces lo entendió, de golpe, como se entienden las cosas de verdad, no con la cabeza sino con el estómago. Entendió que su abuelo, el garrulo, el de la cantinela de los doscientos años, el que se pasaba la vida llorando por lo que se había roto y no se había vuelto a construir —ese hombre había dedicado cuarenta y tres años a hacer exactamente lo contrario de lo que predicaba. No lloraba la cadena rota. La estaba anudando. Firma sobre firma, mano sobre mano, nombre junto a nombre, en la oscuridad, sin cobrar por ello, sin que nadie lo viera, para que el hilo que él creía cortado en mil ochocientos y pico no se volviera a cortar nunca más mientras él tuviera un granete en la mano.
No se puede arreglar la historia. No se pueden recuperar los doscientos años. Pero se puede impedir que se pierda el siguiente. Eso era. Toda la melancolía del viejo cabía en un golpecito de acero contra el metal.
—Firma, anda —dijo Anselmo—. Al lado de la mía. Que quede constancia de que había un Ontiveros el día que soltamos la primera que se va de verdad.
Jimena apoyó la punta del granete en la placa, justo debajo de A.O. — 2199, y golpeó. Una vez, dos, tres. Cuando apartó la mano, ahí estaban sus iniciales, torpes, un poco torcidas, para siempre, en un rincón que la luz no volvería a tocar en mil años de viaje.
—Ya está —dijo él—. Ya vas tú también.
* * *
La botadura fue a las nueve y cuarenta, puntual, con discursos que nadie recordaría e himnos que todos cantaron. La Fisterra soltó amarras despacio, giró sobre su eje con una lentitud imposible para su tamaño, y encendió los propulsores de maniobra en dos soplos de luz azul. Desde el ventanal del comedor, con el vino de la noche anterior todavía en las garrafas vacías, el astillero entero la vio alejarse hacia el punto negro del cielo que era su destino y que ninguno de ellos vería alcanzar.
Anselmo no lloró. Estaba de pie, muy tieso, con la mano estropeada apoyada en el cristal, y le temblaba un poco la barbilla, nada más. Jimena se puso a su lado y no dijo la boutade en voz alta, pero la pensó, y la volteó, como se voltea una moneda que ha caído del lado triste para mirarle la otra cara.
Llegamos tarde, abuelo. Doscientos años tarde, según tú.
La nave se hizo pequeña. Se hizo un punto. Se confundió con las estrellas de fondo.
Pero llegamos. Y no hay un solo remache ahí dentro, ni una sola orden que se gritó para ponerlo, ni un solo nombre firmado a oscuras en la tripa del casco, que no esté en lo nuestro. Se va hablando como hablamos nosotros. La cadena que tú creías rota va entera dentro de esa nave, abuelo, y la anudaste tú, golpe a golpe, sin que nadie te viera.
Cuando ya no se veía nada, Anselmo se apartó del cristal, se limpió la cara con el dorso de la mano y buscó en la bolsa del cinturón.
—Toma —le dijo a su nieta, y le puso el granete en la palma, el mango caliente de tanto uso—. Que a mí ya no me cierran los dedos. La próxima la firmas tú.
Jimena cerró la mano. Pesaba, todavía, más de lo que parecía.

