El testigo de Marte
Plus ultra · Crónica del año 2148
Lucía Quezada llegó a Marte un martes de octubre de 2148, después de seis meses y once días de travesía desde Manta vía Phobos. Era la primera vez que una historiadora del Archivo Central de la UH viajaba a Marte para una entrevista. Hacerla por canal terrestre era imposible: el retraso entre la Tierra y el cráter Bazán, donde vivía el último testigo, oscilaba entre catorce y veintidós minutos según la órbita.
Aurelio Bazán la esperaba en la base con un abrigo gris demasiado grande para sus hombros. Tenía noventa y tres años. Era el único superviviente vivo del Incidente del Tránsito.
—Cuénteme lo del Tránsito.
Aurelio empezó.
El 14 de septiembre de 2089 él era operador júnior en la estación orbital marciana Tartesos. Esa madrugada el sistema marcó un objeto anómalo cruzando el sistema solar a velocidad fuera de los rangos esperados. Sesenta y dos kilómetros por segundo. Dos veces más rápida que cualquier cometa conocido entonces.
Lo siguieron catorce días. Cruzó Marte a doscientos mil kilómetros. Aurelio, en la madrugada del día once, vio en su pantalla cómo el objeto cambió de rumbo.
—¿Por la gravedad de algún cuerpo cercano?
—No había cuerpo cerca. Lo verifiqué tres veces. Lo verificamos los siete.
Después cambió de rumbo otra vez antes de Venus. Y desapareció hacia un cuadrante donde no había nada conocido.
La versión oficial publicada cinco meses después: “Fragmento de cometa con velocidad anómala por interacción gravitacional con un cuerpo no detectado. Sin trayectoria reactiva.”
—¿Y el cambio de rumbo?
—Atribuido a error de calibración del operador junior Aurelio Bazán.
—¿Solo a usted?
—Solo a mí.
—¿Y los otros seis operadores?
—Tres murieron en accidentes en los seis meses siguientes. Dos se cambiaron a colonias remotas y firmaron una rectificación. Una está viva todavía, pero no habla con nadie. Vive en Ceres.
—¿Cómo se llama?
—Eso ya no se lo digo.
Aurelio se calló cuatro minutos. Cuando volvió a hablar su voz era más baja:
—Mire, señorita. Yo no sé qué era. No sé si era una nave. No sé si era una piedra. Pero sé que cambió de rumbo dos veces. Y sé que cambió en ángulos consistentes con maniobras de propulsión por reacción. Lo sé porque hice los cálculos esa misma noche. Los hice tres veces. Los seis compañeros los hicieron también. Coincidíamos.
—¿Le creyeron?
—Nos pidieron callarnos. A los siete.
—¿Por qué?
Aurelio sonrió. Una sonrisa que Lucía no olvidaría.
—Eso no me lo dijeron, señorita. Pregúnteles a ellos.
Aurelio Bazán murió el 7 de marzo de 2149. Tenía noventa y cuatro años. Lucía, años después, escribió en su libro de memorias:
Ya no sé si Aurelio decía la verdad. Pero tampoco sé si la UH la dijo. Lo único que sé es que un viejo operador retirado en Marte sostuvo la misma versión durante sesenta años. Y que eso, en este oficio, no es poco.



Continuará...?
Muy bueno!